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En 1912, mientras Elena Izcue se iniciaba en la enseñanza del dibujo, el pintor y crítico Teófilo Castillo elaboró un plan para orientar la educación en esta materia. Influido por las teorías del argentino Martín Malharro, Castillo advertía que, a pesar de algunos esfuerzos renovadores, los maestros seguían ligados al método "abstracto", que enfatizaba la copia de imágenes impresas e imponía con rigidez el dibujo lineal a regla y compás. Castillo proponía la adopción del método "concreto", basado en la observación directa de la naturaleza, tomando como modelos frutas, flores y objetos de uso cotidiano, de preferencia aquellos que tenían "sentido estético o de aplicación útil", insistiendo que el dibujo en las escuelas "debe ser exclusivamente elemental, objetivo, paralelo siempre a la enseñanza del trabajo manual." Todo esto se ve reflejado en el trabajo pedagógico de Elena Izcue, quien intentaría adecuar estas teorías al medio local. Un cuaderno de enseñanza creado por ella en 1916, y aparentemente inédito, permite vislumbrar el interés por la enseñanza de temas sencillos sobre la base de objetos y frutos de carácter local.
Desde 1914, Izcue empezó a cobrar independencia como maestra y creadora. La preferencia por el empleo de patrones, presente también en el libro de enseñanza de Malharro, se verá plasmada en su propio diseño de carátula para La escuela moderna, sin duda uno de los más tempranos ensayos de aplicación de los diseños precolombinos a la gráfica moderna. La orla que enmarca la carátula toma como punto de partida un elemento central estilizado, procedente de la cerámica Nazca. Aunque predomina en los detalles el recargado sentido decorativo en el espíritu del art nouveau, la guardilla ornamental mantiene, en el orden y disposición de los elementos, un rigor que parece anunciar nuevos planteamientos. Se iba incorporando así el arte precolombino al repertorio canónico de los antiguos estilos artísticos. La nueva conciencia de las cualidades estéticas de la creación precolombina debe haber sido estimulada en gran medida por la fundación, en 1906, del nuevo Museo Nacional donde, tras décadas de ausencia en espacios públicos, se exhibirían de manera permanente piezas de metalurgia, cerámica y textiles precolombinos.
Los ensayos iniciales de Elena Izcue en el dibujo y el diseño aplicados a la enseñanza forman la base de su posterior acercamiento a las artes plásticas y a su trabajo en la pintura. En sus primeros óleos, fechados precisamente en 1914, Elena Izcue se alinea claramente con la legión de aficionados que seguían las lecciones de Teófilo Castillo. Instalado en una escuela taller de la Quinta Heeren, el pintor se había propuesto difundir las técnicas de la pintura al aire libre que permitirían captar el entorno inmediato. Para ello, le servían de ejemplo sus propias vistas de huertos y patios limeños que evocaban una ciudad conventual e idílica, acorde con el naciente discurso nostálgico del criollismo.
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